Resumen

Entre Ríos, la Costa Atlántica y Córdoba son tres de las regiones vitivinícolas argentinas más interesantes fuera de los polos tradicionales. Entre Ríos destaca por el Tannat, la Costa Atlántica por sus vinos blancos frescos influenciados por el océano y Córdoba por sus Syrah y Malbec de perfil serrano.

Nunca jamás un club de vinos se animó a tanto.

Pero si existe una comunidad capaz de recibir y apreciar este conocimiento, son ustedes.

Por eso los amamos.

Porque mientras la mayoría de los consumidores sigue discutiendo si prefiere Malbec o Cabernet Sauvignon, ustedes están dispuestos a viajar mucho más lejos.

Hoy nos vamos a salir del mapa habitual.

Nada de Mendoza. Nada de Salta. Nada de las regiones que aparecen siempre en las etiquetas y en las guías.

Vamos a recorrer tres territorios que durante años permanecieron fuera del radar de la mayoría de los amantes del vino argentino. Tres lugares que están construyendo una identidad propia y que demuestran que el futuro del vino argentino puede encontrarse donde menos lo esperamos.

 

¿Qué vinos se están haciendo en Entre Ríos?

Pocos lo saben, pero Entre Ríos fue una potencia vitivinícola mucho antes de que muchos de los viñedos argentinos actuales existieran.

Durante la década de 1920 llegó a tener más de 2.500 hectáreas cultivadas y más de cien bodegas en funcionamiento. Era la cuarta provincia vitivinícola más importante del país.

Entonces llegó la Ley N° 12.137 de 1934.

La norma prohibió la elaboración de vino fuera de la región de Cuyo y condenó a la actividad entrerriana a desaparecer durante décadas. Viñedos arrancados, bodegas cerradas y generaciones enteras que crecieron sin saber que en su provincia alguna vez se había elaborado vino.

Es por eso que el fenómeno que se vive hoy... tiene algo de revancha histórica.

A primera vista, si, son bodegas nuevas, emprendedores aguerridos que se animan a transitar un camino difícil.

Pero leamos entre líneas y vamos a entender que se trata de una región que está redescubriendo una parte olvidada de su identidad. 

Y hay una variedad que parece haber nacido para protagonizar este renacimiento: el Tannat.

Si alguna vez probaron un Tannat uruguayo, ya tienen una pista, porque el tannat entrerriano comparte mucho con su vecino.

Estamos hablando de una uva con una enorme carga tánica, capaz de mantener estructura y carácter incluso en regiones de baja altitud y suelos con buena capacidad de retención de agua. Allí donde otras variedades pueden perder tensión, el Tannat sigue mostrando personalidad.

Además, se trata de una variedad de ciclo largo y maduración tardía. Necesita tiempo, calor y muchas horas de sol para expresar todo su potencial. Por eso encuentra en el litoral un ambiente ideal para desarrollarse.

Claro que Entre Ríos también presenta desafíos.

La humedad es mucho mayor que en Mendoza y obliga a los productores a trabajar los viñedos con muchísimo cuidado. El manejo de la canopia, la ventilación entre hojas y racimos y el control sanitario son fundamentales. En algunos viñedos, incluso, el riego resulta innecesario.

Todo esto se traduce en vinos intensos, de gran estructura, pero también sorprendentemente equilibrados.

Y mientras lo degustamos, es difícil no pensar que quizás cada botella sea algo más que vino.

Quizás sea una manera de sanar una vieja herida y recuperar una historia que estuvo demasiado tiempo silenciada.

 

Si llegaste hasta acá, probablemente seas de los nuestros.

De los que disfrutan descubrir regiones raras, productores desconocidos y vinos que casi nadie está mirando.

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¿Por qué la Costa Atlántica produce vinos blancos tan interesantes?

La lógica del vino argentino suele ser bastante simple.

Si queremos calidad, buscamos altura.

Más altura significa más radiación solar, noches más frías, mayor amplitud térmica y uvas con gran concentración (gracias a la radiación solar, que, recordemos, engrosa su piel, que contiene los taninos). 

Para hacer vino en la Costa Atlántica hay que jugar un juego completamente diferente.

Acá el gran protagonista es el océano.

El mar funciona como un enorme regulador térmico. Absorbe calor durante el verano y lo libera lentamente cuando las temperaturas comienzan a bajar. Como resultado, los veranos son más frescos y las diferencias entre el día y la noche son menores que en las regiones andinas.

A primera vista, esto podría parecer una desventaja.

Después de todo, una maduración lenta suele implicar menos concentración de sabores.

Pero el océano compensa esa aparente debilidad de una manera brillante: alarga la temporada de crecimiento.

Las primeras heladas llegan más tarde y la vid dispone de más tiempo para completar su maduración sin necesidad de enfrentar temperaturas extremas.

El resultado son vinos que acumulan azúcar lentamente, conservan mejor su acidez natural y desarrollan perfiles aromáticos particularmente expresivos.

A esto se suma otro factor clave: el viento.

El aire constante que llega desde el mar ayuda a mantener los racimos secos y sanos. Los suelos arenosos, por su parte, drenan el agua rápidamente y evitan excesos de crecimiento.

Todo parece conspirar para producir un estilo de vino muy particular.

Por eso la Costa Atlántica se ha convertido en uno de los lugares más prometedores del país para las variedades blancas.

Y una vez que entendemos el lugar del que vienen, resulta súper divertido prestar atención a los sabores mas delicados que fueron cuidados por el clima.

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¿Cómo influye el terroir de Córdoba en sus vinos?

Las zonas vitivinícolas cordobesas combinan altitud, buena exposición solar y noches frescas, pero dentro de un clima más húmedo y menos extremo que el mendocino.

La vid no atraviesa el mismo nivel de estrés hídrico que en los grandes oasis cuyanos y eso suele traducirse en vinos algo más ligeros en estructura, aunque no necesariamente menos complejos.

De hecho, buena parte del encanto cordobés está justamente ahí: No impresionar por la potencia tánica de la primera degustación, sino por la complejidad y multitud de sabores que sólamente podemos encontrar con tiempo y tranquilidad.

Los suelos pedregosos y graníticos de muchas zonas serranas aportan drenaje y limitan naturalmente el vigor de la planta. Las amplitudes térmicas ayudan a preservar frescura y los ciclos de maduración permiten que las uvas desarrollen perfiles aromáticos muy particulares.

Por eso variedades como el Malbec y, especialmente, el Syrah, encuentran acá un lugar donde expresarse de forma distinta.

En lugar de fruta sobremadura y concentración extrema, aparecen notas de pimienta negra, flores, monte serrano y hierbas aromáticas que recuerdan al paisaje que rodea a los viñedos. O a un fernet, depende de cada cual.

Hay algo profundamente cordobés en esos vinos.

Algo que remite a peperina, jarilla y aire serrano.

Y quizás esa sea la mejor forma de entender esta región: No como una alternativa a Mendoza ni una copia de los grandes terroirs argentinos sino como un lugar que está construyendo un perfil propio.

Cada cosecha se entiende con más claridad yhoy es mas fácil que nunca descubrirlo copa en mano.

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Este artículo nació a partir de una de las temáticas que enviamos en el Club.

Todos los meses elegimos una excusa distinta para explorar el mundo del vino: regiones olvidadas, variedades extrañas, historias insólitas y productores que merecen más atención.

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